29 abr. 2011



Noche. Mágica noche. Noche que todo lo cambia. Cambias tu ropa, tus planes, tu ruta, incluso tu forma de moverte por las ciudad. Mágica porque te hace olvidar. Olvidas quien eres, que haces, que hablas, incluso olvidas tu nombre. Te transformas. Te transformas en lo que quieres ser, sin más. No hay miedos, no hay preocupaciones ni dolores de cabeza, no hay obstáculo que no puedas saltar. Solo vives. Sin pensar en nada, sin pensar en mañana, sin pensar donde o con quién estarás cuando el sol aparezca, elevándose más alto que el mayor de los rascacielos, o asomándose detrás de aquella infinita línea de horizonte azul en que se transforma el mar cuando nadie mira.



Tu cuerpo baila únicamente guiado por las estrellas, que dibujan tus pasos de igual manera que un titiritero mueve sus títeres. Mira tus muñecas, ¿no ves en ellas los restos de las cuerdas de la noche anterior? Aquella noche en que tu cuerpo seguía el sonido de la música. Aquella noche en que la blanca luz del día se disfraza de mil colores que corretean de un lado a otro de la habitación.

Esas noches inolvidables que te cuesta recordar a la mañana siguiente. Esas noches en las que te vistes como una princesa y sales de casa dispuesta a besar los sapos necesarios para encontrar a tu príncipe. Esas noches en las que te sientes como una estrella de rock cuando retiran ante ti esa serpiente de terciopelo rojo que decide como va a ser tu noche. Esas noches donde todo es posible. Donde harías cualquier locura sin pensar en las reglas que estás rompiendo. Noches que no acaban, aunque ese sol traidor se empeñe en salir antes de tiempo.